8. Y llegaron los medicamentos

"Muchacha en la ventana" de Rembrandt 1645

Después de que Natalia entró en modo turquesa pensamos que por fin habíamos logrado domar al potro salvaje en el que se había convertido su sistema nervioso autónomo. Con suficiente agua, descanso y piernas elevadas todo marchaba bien.

Un buen día, ¡no esperen!, debería decir un mal día, estando en clase de educación física le bajó la presión mucho pero esta vez su cuerpo decidió no desmayarse. Probablemente, contagiado por nuestro ánimo de lucha decidió darle batalla a la presión y ordenó bombear más sangre y hacerlo más rápido, muy rápido, lo más rápido posible para que no nos desmayemos. ¡Taquicardia de 220 pulsaciones por minuto!

Fui por Natalia a la escuela y la encontré agotada, con dolor de pecho y de brazo izquierdo. No esperé ni un minuto para hablarle a su cardiólogo; en mi mundo que conocía hasta ese momento dolor de pecho y de brazo izquierdo significaba un infarto y a mi me iba a dar otro sólo de pensarlo.

El cardiólogo nos explicó lo que les expliqué en el segundo párrafo de este texto. También nos dijo: ¡Bienvenidas al mundo de las taquicardias disautonómicas! Una faceta de la enfermedad que no conocíamos y que ese día descubrimos en medio de un sustote.

Su cardiólogo le hizo un electrocardiograma y vio que afortunadamente el corazón estaba bien y decidió mantenerla unos días o semanas tal vez en observación esperando a ver si generaba eventos de taquicardia nuevamente.

Natalia siempre ha sido rápida para todo: para caminar, para hablar, para aprender, para leer y esta no fue la excepción, no quiso hacerle perder el tiempo a su médico y a las 24 horas tenía de nuevo taquicardia, y de nuevo a las 15 horas y así comenzó a vivir con un corazón que latía como si hubiera corrido un maratón.

Ya se imaginarán el agotamiento que tenía mi hija, ¿llegar a clase de 7 am a la escuela? ¡Ja! Técnicamente imposible, su vida estaba comenzando a estar atada a un sillón, una cama o lo que encontrara para intentar remediar su agotamiento.

Y llegaron los medicamento a la vida de Natalia; el cardiólogo le recetó un betabloqueador es decir un medicamento que tiene la capacidad de bloquear a los receptores de noradrenalina. La noradrenalina es una hormona que provoca un estrechamiento de las arterias y que el corazón lata más rápido.

La pequeña dosis de medicamento que le dieron a Natalia (1.25 mg al día) bloquearía la acción de esta hormona del acelere y las taquicardias tendrían que disminuir e idealmente desaparecer. Bueno, pues no sucedió, en cambio llegaron más taquicardias, migrañas, insomnio.

De cualquier forma mi hija se esforzaba por estar bien y llegada la fecha del campamento escolar decidió que iría. La dejé ir, se la encomendé a los organizadores, al médico que los acompañaba, a la enfermera y a todos los ángeles.

Desde el campamento todos los días nos enviaban un álbum de fotos para que viéramos cómo se la estaban pasando nuestros hijos. Yo veía a Natalia feliz y eso me daba paz pero también vi que tenía las piernas muy inflamadas y que se le formaban bolas y grumos en los muslos.


Envié las fotos al médico y me dijo que en cuanto Naty regresara la llevara al consultorio. Así fue y así fue como escuché esas frases que uno nunca quiere escuchar: que podía ser un problema de circulación sencillo, uno complejo como reflujo venoso, también existía la posibilidad de que fuera una falla renal o que hubiera algún problema linfático lo cual dijo el médico que dudaba mucho a menos de que hubieran antecedentes familiares de problemas de ese tipo. - ¡Espere Doc! Mi padre, abuelo de Natalia, tuvo cáncer linfático.

Armado de expediente, envío del mismo al Instituto Nacional de Cardiología con copia al Pediátrico, cita con angiólogo, estudios, análisis, el alma en un hilo, la respiración entrecortada todo el día, un nudo en la garganta, mi mente creando fantasías catastróficas. El diagnóstico fue el mejor que podíamos tener dadas las circunstancias: un raro efecto secundario del medicamento. O se va el medicamento o se intenta aliviar de otra forma la inflamación y dolor de piernas.

La decisión que tomamos entre médico, madre y paciente fue continuar con el medicamento pero no subir la dosis, ayudar a deshacernos de la noradrenalina con 30 minutos de ejercicio cardiovascular al día, elevar las piernas dos horas al día y usar medias o calcetas de compresión.

La disautonomía nos cobraba un revés de nuevo. Lo duro de este episodio no sólo fueron los cambios (otra vez) en el estilo de vida; lo duro fue la carita de decepción de mi hija, el regreso del fastidio, de la depresión, de las preguntas sin respuesta.

Lo que siguió a estos eventos y de nuestra vida con taquicardias y medicamentos se los platico en la próxima entrada.

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