1. Mi hija se desmaya
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| "La niña enferma" de Edvard Munch (1885 - 86) |
Un buen día en medio de sus saltos acrobáticos y sus días intensos comenzó a desmayarse sin motivo alguno; así nada más, sin estar enferma, sin haber subido el Everest, así de pronto, en medio de un restaurante, en un día de campo o en una tienda. Súbitamente se ponía pálida y comenzaba a desvanecerse.
Cuando tenía 8 años viajamos a Argentina en coche desde Uruguay hacia la región del Aconcagua para que ella y su hermano conocieran la nieve. Llegamos de noche y nos hospedamos en un pueblo llamado Uspallata a 2039 metros sobre el nivel del mar. En la mañana, después de alquilar trajes de nieve, emprendimos el camino a la base de la gigantesca montaña por una sinuosa y hermosa carretera. Después de menos de una hora de viaje llegamos al parque de nieve ubicado a una altitud entre 2900 y 3200 metros sobre el nivel del mar.
Después de ese episodio vinieron los desmayos en cadena: en aeropuertos, supermercados, restaurantes, en la calle, en la escuela, en el coche. Llegaron también las cadenas de médicos y diagnósticos variados: es un problema del oído medio, el divorcio la tiene muy afectada y escuché hasta que lo hacía por llamar la atención. Lo cual, vale la pena decir es terrible que aparezca como un diagnóstico, yo veía cómo sufría mi hija, cómo se asustaba, cómo ya no quería salir a ningún lado y el diagnóstico apuntaba a que ella quería montar un espectáculo por el gusto de hacerlo. Un caso para la araña...
Ese mal mayor llamado evasión me llevó las primeras veces a pensar que era cansancio, o el cambio de altitud o que no desayunaba nunca bien. Recordaba su platito con fruta abandonado en la mesa del comedor, o el vaso de leche a medio tomar. Pensar así me tranquilizaba hasta cierto punto y me permitía seguir amándola sin preocuparme.
El primer desmayo sucedió cuando tenía como 6 años. Durante unas vacaciones viajamos desde la playa hasta una ciudad a 1500 metros sobre el nivel del mar y en medio de un restaurante súbitamente se desvaneció. Apenas volvimos de las vacaciones la lleve al pediatra quien le tomó la presión, le oyó el corazón, le hizo análisis de sangre y orina. Sana, completamente sana.
El evento no se repitió en un par de años, quedó entonces registrado como un evento aislado. He de decir que siempre fue una niña con problemas digestivos, algo que yo llamaría ataques súbitos de cansancio y frecuentes náuseas y mareos. Alguna vez le hicieron mil pruebas de intolerancias, otras más de alergias y nada de nada. Sana, completamente sana.
Cuando tenía 8 años viajamos a Argentina en coche desde Uruguay hacia la región del Aconcagua para que ella y su hermano conocieran la nieve. Llegamos de noche y nos hospedamos en un pueblo llamado Uspallata a 2039 metros sobre el nivel del mar. En la mañana, después de alquilar trajes de nieve, emprendimos el camino a la base de la gigantesca montaña por una sinuosa y hermosa carretera. Después de menos de una hora de viaje llegamos al parque de nieve ubicado a una altitud entre 2900 y 3200 metros sobre el nivel del mar.
Ni bien había frenado el coche Natalia ya estaba abriendo la puerta para bajar y comenzar a jugar en la nieve. Ni bien puso un pie abajo....¡se desmayó!. Esta vez se lo atribuimos a la altitud o al cambio brusco de altura. "Mal de montaña" - pensé - "como el que le da a los alpinistas".
Vivimos varios años a nivel del mar y mi hija estaba relativamente bien salvo por los problemas digestivos de los que les hablaba y por los dolores de cabeza que se hacían cada vez más frecuentes. También notaba que si se sometía a alta temperaturas se ponía muy mal y se deshidrataba muy rápido.
En 2016 decidí divorciarme y mis hijos y yo nos mudamos a la Ciudad de México, ese año Nat cumplía 11; iniciaba formalmente la pubertad. El avión aterrizó y al estar formados en la Aduana me dijo que se sentía muy mal, vomitó y se desvaneció. Por cierto, lo más feo de ese momento es que nadie, absolutamente nadie nos ayudó. Pedí agua a un policía y me dijo que la tenían bajo llave (!!!). Lo único que hicieron guardias y pasajeros fue alejarse de la mancha de vómito en el piso, nada más.
Después de ese episodio vinieron los desmayos en cadena: en aeropuertos, supermercados, restaurantes, en la calle, en la escuela, en el coche. Llegaron también las cadenas de médicos y diagnósticos variados: es un problema del oído medio, el divorcio la tiene muy afectada y escuché hasta que lo hacía por llamar la atención. Lo cual, vale la pena decir es terrible que aparezca como un diagnóstico, yo veía cómo sufría mi hija, cómo se asustaba, cómo ya no quería salir a ningún lado y el diagnóstico apuntaba a que ella quería montar un espectáculo por el gusto de hacerlo. Un caso para la araña...
Aprovecho para decir algo que digo siempre que tengo oportunidad porque me preocupa: en nuestra sociedad los niños suelen ser muy irrespetados y atropellados en sus derechos más básicos. Los adultos solemos creer que son incapaces, manipuladores y limitados (por no decir tontos). Es triste. ¡Daría mi reino por tener de nuevo la fabulosa mente y personalidad de un niño!.
2016 fue un año muy obscuro; mientras luchaba por lograr una vida de calidad sola con mis dos hijos en una megalópolis como la Ciudad de México rezaba porque un Dr. House apareciera en nuestras vidas e hiciera eso del diagnóstico diferencial ayudado por su equipo, y revisara desde sus síntomas hasta el material con el que estaba hecha su ropa. Bueno, déjenme soñar cosas locas por un momento, de todos modos ya todo era loco en nuestras vidas.
Por suerte el diagnóstico acertado estaba cerca, de hecho, a la vuelta de la esquina (literalmente) y de eso les hablaré en la próxima entrada la cual encuentras dando 'click' aquí.



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